domingo, 17 de noviembre de 2013

Diario de un feministo - Noviembre 17 - Tristeza

Noviembre 17

Tristeza


Ha pasado casi una semana desde que Itzamarai tomó la decisión de abortar. Y digo que tomó la decisión porque, cuando me envió un mensaje, ya había hecho la cita con la clínica. No importó mi sentir, y lo entiendo. Nuestra relación terminó fatalmente y si me envió un mensaje fue porque quería que supiera, y quizás que estuviera presente. Por eso fui, por eso la acompañé aunque en la clínica no me trataron del todo bien. Diré que las miradas, desde el policía de la entrada hasta la doctora, casi nunca cruzaban con la mía. Y si lo hacían, no era una mirada amable, más bien parecía una mirada que buscaba cultivar la culpa, la indiferencia. La incomodidad que sentía en ese lugar llegó al punto de sentirme como el único culpable, como si yo fuera quien la estuviera obligando para que abortara, que yo no lo quería…

No sé si lo quería, si deseaba ser papá en este momento de mi vida, si quería que Itzamarai fuera la madre de mi hijo, y no por dudar de ella (pues sé que hubiese sido una excelente madre) sino por la situación en cómo terminó nuestra última plática. A pesar de que la estuve buscando en la escuela, que le enviaba mensajes casi diarios y extensas cartas en correos electrónicos, no hubo manera de garantizar una respuesta. Y no la hubo, sigue como duda lo nuestro. Tampoco sé cuál fue el verdadero motivo de Itzamarai para abortar. Lo único que sé es que fue doloroso, un dolor que nunca sabré (como hombre) su intensidad.

Ella aceptó quedarse en mi casa al día siguiente de que fuimos a la clínica. Según me dijo, le argumentó a su mamá una cantidad de trabajo en la escuela y su amiga Vania le hizo el favor de decir que se quedaría en casa de ella. Yo salí del trabajo y de inmediato la alcancé en una estación del metro. Una hora más tarde ya estábamos llegando a casa, fuimos a comer al mercado, me pidió que comprara un par de medicamentos y un paquete de toallas femeninas (a sabiendas que me sonrojaba en demasía pedir esas cosas en una farmacia, y más si atendía una mujer) para el proceso que estaba por venir. Media hora más tarde, ya en la habitación, tomó el resto del medicamento. No pasaron ni veinte minutos cuando comenzó su dolor, y con ello, mi tristeza.

No podré describir nunca lo que sucedió esa noche. No sé si pude hacer lo mejor. Trataba de tranquilizarla, de decirle que ya había pasado lo peor, que era fuerte, que no volvería a pasar por eso, que me gustaría estar yo en su lugar y tantas otras cosas que por momentos funcionaban. Un par de ocasiones me veía, con sus ojos llenos de lágrimas y si mi recuerdo no me falla pude escuchar un claro “gracias por estar aquí” de su parte. Lo peor fue cuando empezó a sangrar. Tuve que tomar un par de playeras, humedecerlas con agua tibia y limpiar la sangre que no había podido absorber la toalla. También me tocó ayudarla a retirarle las toallas cubiertas de sangre, ayudarla a caminar al baño, taparla y abrazarla cuando le dieron escalofríos al final. No sabré nunca lo que se siente abortar, pero puedo decir que no es una experiencia agradable. Es algo triste, que ella consideró necesario (yo también) pero triste.


Hoy día no quiero pensar cómo lo viven aquellas mujeres que toman esta decisión respetable, pero que no cuentan con el apoyo de su pareja, de su familia, y son prejuiciadas y criticadas por la sociedad. Mujeres que abortan en lugares clandestinos, con métodos más dolorosos y en una soledad tan inhóspita como un vientre ahora vacío.

R. O.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Diario de un feministo - Noviembre 11 - Una despedida

Noviembre 11

Una despedida


Con la mirada en otra parte, él y ella se toman de la mano. Él no quiere estar ahí pero siente la inevitable necesidad de estar y ella tampoco quiere, querrá, quiso lo que está por pasar. Están sentados, a la espera de algo que no tiene marcha atrás. Ella quiere decirle algo, no que lo extraña, sino preguntarle qué siente. Él no sabe qué decirle, mide sus palabras como esperando, tras el examen minucioso de cada una, soltar las más reconfortantes, las de más empatía, las de más consuelo y arrepentimiento posible.

La señora entra por la puerta y la vista de ambos se dirige a la mujer que toma asiento frente a ellos. Todo el tiempo, todas las palabras, se dirigen a ella y él se pregunta si es invisible, si era necesario que estuviese en algo que, parecía, sólo era exclusivo de ella. Pero Itzamarai se lo recalcó en cada ocasión, en cada cruce de palabras previo: “nadie te obliga, no estoy pidiendo tu consentimiento, te lo digo porque consideré que debías saberlo”. La doctora le pide a Itzamarai que se recueste para hacerle un ultrasonido, debía de saber cómo estaba el interior de su vientre. Mientras ella miraba al techo, con un dibujo en tonos azules de algo que asemejaba la figura de una flor de loto; él observaba la pantalla de tonalidades blancas y negras y aunque no entendía muy bien lo que miraba la doctora sí sabía que en el vientre de ella había algo más que células, algo más que tejido. Era Cristian, así decidieron llamarlo.

De nuevo sentada al lado suyo, ya sin entrecruce de manos, Itzamarai escucha con atención las indicaciones de la doctora, los síntomas de alarma, los números de teléfono que debe de tener presente, los tiempos de las pastillas, lo que viene después etc. La doctora sale por los medicamentos, el primer par de fármacos, y con el dinero que él le entregó. Dice que tardará en subir unos minutos, como diciendo: “aprovechen este momento por si quieren despedirse”.

No pasa mucho tiempo después que la doctora sale para que él abra la charla, le pregunta si quiere que él primero diga algo y ella da el sí con un leve movimiento de cabeza, con las manos en su vientre. Y dice: “Bueno, Cristian, estamos aquí. No sé muy bien qué decir, tengo miedo de mis palabras pero estoy aquí, con ella, contigo. Perdona lo que estamos por hacer y ojalá tengas la oportunidad de regresar, aunque ya no sea con nosotros”. Ella sabe que él ha terminado y dice: “Pienso en ti, desde que me enteré y en todo este tiempo. Eres lo primero en que pienso al despertar y lo último al acostarme. Quiero lo mejor para ti pero ahora no puedo dártelo. Sé que me entiendes y que vendrás de nuevo, que serás totalmente amado”.

La doctora llega con los medicamentos. Itzamarai se seca un par de las lágrimas que no lograron contenerse en sus ojos. La doctora le entrega un par de pastillas y un vaso de agua. Él observa a ella, cómo toma un suspiro profundo, esperando que en la bocanada entre todo el valor y perdón del mundo. Itzamarai lleva las pastillas a su boca y toma el vaso de agua de un solo trago. Ya no hay marcha atrás.


Quince minutos después ellos salen de la clínica, se dirigen al metro, cruzan pocas palabras, sólo las necesarias. Él sabe que no puede contenerse, no desde todo lo que ha hecho, lo que le ha dicho. Le ofrece estar mañana con ella. Itzamarai lo mira y se descubre a sí misma mirándolo con un dejo de nula empatía; pero acepta y ambos toman un rumbo distinto.

R. O.