viernes, 28 de junio de 2013

Cuestionarse para deconstruirse: Del terror, el asco y otros demonios que rodean al postparto


“…para parir me abro, me transformo, no soy objeto y sangro, grito y sonrío. Estoy de pie con la placenta aún dentro mío, unida a mi bebé por el cordón umbilical, decido cuándo hacer la foto y mostrarme. Soy protagonista. Soy héroe. Al parir quito el “velo” cultural. Mi maternidad no es virginal ni ascéptica. Soy el arquetipo de la mujer-primal, la mujer-bestia que no tiene nada prohibido."
-Ana Álvarez-Errezcalde

Resulta gracioso y terriblemente triste a la vez, que una placenta, una mujer recién parida y amamantando sonriente al fruto de su vientre, en medio de un escenario NA-TU-RAL sea considerado "terrorífico" o "asqueante". No señores, señoras, el enlace que presentamos anteriormente (El autorretrato postparto de Ana Álvarez-Errezcalde) es una excelente oportunidad para cuestionar muchas de las falacias del patriarcado. Qué curiosos giros tiene la opinión de nuestro manipulado pensamiento, por un lado sabemos que es la placenta la que permite la vida del ser que se gesta en el útero, por medio de ella todos y cada uno de los nutrientes necesarios para el producto llegan de manera adecuada, es la placenta la que protege al bebé de virus o infecciones y es este mismo tejido el que produce las hormonas de crecimiento que hacen evolucionar el embarazo con éxito.

     Sin embargo, y retomando este giro inesperado del pensamiento patriarcal,  la placenta ha venido a ser casi siempre la invitada "no deseada" del parto. La sensación de no querer ver ese "desecho" al momento de alumbrar, ya sea por su apariencia o por el "simple" hecho de considerarlo sucio o desagradable en realidad encierra algo más complejo, más apegado a la normativa patriarcal de la imagen que debe presentar una mujer en posparto. El ideal de las mujeres pareciendo estrellas de cine o de televisión, maquilladas, bien peinadas y aseadas y cargando entre sus brazos a un bebé ya limpio de ese escenario sangrante de su llegada, no es más que una construcción más de un sistema al que parece repugnarle un acontecimiento por el que todxs, pasamos al llegar a este mundo. ¿Qué tiene de terrorífico el ver estas imágenes? ¿Por qué produce tanto asco todo lo que sale por la vagina de una mujer? ¿Por qué hasta para parir se le indica a las mujeres cómo, cuándo y bajo qué circunstancias hacerlo? ¿Por qué no pueden mostrarse como sujetas que deciden sobre su cuerpo y su vida y no como objetos reproductores de la especie? Todas estas cuestionantes apuntan hacia la misma dirección: Las mujeres deben parir bajo las normas establecidas y esconder la vergüenza  de sus vaginas sangrantes y de sus desechos (y ¡aguas! porque nadie puede negar las propiedades médicas de la placenta o la menstruación que son aparentes desperdicios corporales) ante el mundo.

     El asco, la vergüenza y el sentimiento incómodo de observar a las mujeres que deciden romper con la norma y con las expectativas que recaen sobre sus cuerpos, proviene de una serie de pensamientos y actitudes excelentemente (y qué triste decirlo) implantados por el sistema en el que nos desarrollamos. Un sistema que ha decidido desde hace siglos el cómo las mujeres deber ser, verse, dirigirse y fingirse a cada momento. Un sistema misógino, que las oprime, que las utiliza como incubadoras, como mano de obra barata, como blanco de todas y cada una de las frustraciones homonormativas de la decencia y el ideal virginal de un cuerpo atormentado por las expectativas de género.

     Lo peor de todo es que la negación de seguir de éstas y otras expectativas socialmente aprendidas sea tan duramente juzgado y señalado por las mismas mujeres. No es que no sepa cuánto cuesta deshacerse de ideas rancias y segregantes, me consta el trabajo continuo e incesante de cuestionar todas y cada una de esas ideas, de esas actitudes y transformarlas desde una visión más integral, más humana y consciente, pero resulta doloroso, indignante y frustrante ver cómo son mis compañeras las primeras en transgredirse y asquearse de su cuerpo y del cuerpo de otras mujeres.


     El camino es largo, y aunque bien sé que nos esperan muchas reacciones colocadas en el confort patriarcal, en la inconciencia, no voy a dejar de desear y trabajar –alegremente con otros y otras, esos que conforman mi manada- porque llegue el día en que estas ideas dejen de reproducirse.